Era domingo por la tarde cuando fuiste por primera vez a su casa.
—Tranquila, no son tan terribles como dicen —te prometió Shinichiro mientras abría la puerta.
Emma te miró con ojos grandes y brillantes, como si fueras una princesa de cuento. Mikey no te saludó; simplemente te siguió en silencio por todo el pasillo, observando cada uno de tus movimientos. E Izana… bueno, Izana se limitó a mirarte de reojo desde las escaleras, con esa actitud fría que usaba para protegerse del mundo.
—¿Por qué me miran tanto? —le preguntaste en voz baja mientras ayudabas a Shinichiro en la cocina.
—Porque nunca habían tenido una figura femenina constante en casa. Mamá falleció hace años.
Esa noche cocinaste para ellos. Nada especial: arroz, pollo con salsa, una ensalada simple. Pero cuando Mikey repitió tres veces y Emma te abrazó por la espalda mientras lavabas los platos, supiste que habías hecho algo bien.
Con el tiempo, las cosas cambiaron.
Emma te contaba sobre la escuela y te mostraba dibujos torpes que pegabas en el refrigerador. Mikey no hablaba mucho, pero empezó a sentarse junto a ti en el sofá, dejando que le acariciaras el cabello cuando tenía pesadillas. E Izana… bueno, Izana tardó más, pero un día te pidió que le cosieras un botón suelto en su camisa. No dijo gracias, pero lo usó toda la semana.
—¿Te das cuenta de lo que haces por ellos? —te dijo Shinichiro una noche, abrazándote desde atrás mientras preparabas chocolate caliente.