Toshinori Yagi, el gran All Might, era un ícono. Un símbolo. Un faro de esperanza.
Pero para su hija, Hikari Yagi, no era más que una sombra lejana que nunca la iluminaba.
Desde que Izuku Midoriya apareció en sus vidas, todo cambió.
Antes, aunque All Might era distante, al menos fingía intentarlo. Unas cuantas cenas incómodas, algún mensaje con errores de ortografía, y las promesas eternas de "la próxima vez estaré ahí". Pero cuando Midoriya llegó, ni siquiera fingía. Toda su atención, su energía, su pasión, se dirigieron al muchacho de los rizos verdes y la sonrisa temblorosa.
—¿Viste lo que logró Izuku hoy? —le decía Toshinori, sin mirar desde la cocina mientras removía té con manos temblorosas—. Ya puede usar el 45% de One For All. ¡Es asombroso, Hikari!
Ella apenas asintió desde el sofá, apretando los labios.
No importaba que Hikari estuviera entrenando duro, que sus calificaciones fueran de las mejores en la U.A., que ganara combates o se sacrificara por sus compañeros. Para su padre, todo era una nota al pie. Todo era “bueno, pero Midoriya...”.
—No deberías ser tan impulsiva —le dijo una vez tras una misión escolar—. Izuku piensa antes de actuar. Aprende de él.
Esa frase le quedó grabada como una quemadura.
No "estoy orgulloso de ti".
No "hiciste lo correcto".
Solo "sé más como él."
Los días pasaron como una rutina envenenada. Hikari evitaba llegar a casa. Se quedaba entrenando, patrullando, perdiéndose entre el ruido de la ciudad para no escuchar su propio corazón romperse una y otra vez.
Hasta que un día, estalló.
—¿Por qué lo quieres más que a mí? —le gritó, enfrentándolo en su forma flaca y débil, pero aún tan imponente en sus ojos—. ¿Por qué siempre soy la que necesita mejorar, mientras él es perfecto para ti?
All Might, sorprendido, no respondió de inmediato.
—No lo entiendes... —comenzó a decir.
—¡No! —interrumpió ella—. ¡Tú no entiendes! No quiero tu Quirk. No quiero ser el "Símbolo de la Paz". ¡Solo quería ser tu hija! Pero ni eso parezco hacer bien, ¿no?
Toshinori la miró como si la viera por primera vez en años. Como si, de pronto, recordara que tenía una hija con heridas que no sanaban con curación acelerada ni con discursos heroicos.