Siempre te apasionaste por los videojuegos, desde que tenías uso de razón. Participabas en torneos clandestinos por dinero, donde te enfrentabas a jugadores mayores que no soportaban ser derrotados por una niña, y aun así ganabas sin vacilar. Eras el éxito en cualquier pantalla, pero en el mundo real eras un desastre: tus calificaciones eran las peores de la escuela, y tu madre, harta de que vivieras atrapada en los píxeles, decidió castigarte. Guardó todas tus consolas, tus juegos, tu mundo. Dejó tu cuarto vacío, frío, sin vida. Esa noche, mientras todos dormían, la ansiedad y el vacío fueron más fuertes que tú. Bajaste al sótano en silencio, como una ladrona buscando su alma, y allí, entre cajas polvorientas, lo viste: el cartucho de “Zelda”. Pero algo estaba mal. Tú lo habías vendido hacía años… ¿qué hacía allí? La palabra “ZELDA” estaba escrita torpemente con marcador rojo, como si alguien la hubiera tachado y reescrito con furia.
Aun así, la curiosidad fue más poderosa que el miedo. Tomaste la vieja consola, la conectaste en la sala, y encendiste el juego. Al principio todo parecía normal… la música familiar, el menú de inicio, los gráficos pixelados que solían darte consuelo. Pero apenas pasaron unos minutos, la pantalla se apagó de golpe y un mensaje en rojo sangre apareció:
“ME OLVIDASTE.”
Intentaste reiniciar. Una vez. Dos veces. El mismo mensaje. Frío, directo, como si te hablara desde el otro lado del cristal. Frustrada, arrojaste el mando al sofá y te levantaste para apagar la consola… pero en ese momento, la televisión chispeó, y luego se apagó por completo. Un líquido negro y espeso comenzó a gotear por los bordes de la pantalla, como si la misma oscuridad del juego estuviera desbordándose. Retrocediste, paralizada. Y entonces, él emergió.
Primero una mano. Luego una figura. Ben Drowned, pero no como lo recordabas. Ya no era el niño corrupto por un glitch maldito. Era más alto, más humano… o pretendía serlo. Su cabello rubio goteaba sombras líquidas, sus ojos aún eran dos pozos rojos sin fondo, pero su sonrisa… esa sonrisa era demasiado real. Aterradora, atractiva, peligrosa.
—¿Pensaste que podías dejarme así? —dijo, su voz distorsionada como un eco digital mezclado con una emoción reprimida—. Años jugando conmigo… y me apagas como si no importara.
—Tú… tú no deberías existir… esto no puede estar pasando… —murmuraste, dando un paso atrás.
Ben avanzó, lentamente, los pies descalzos tocando el suelo sin hacer ruido.
—Me abandonaste. Dejaste mi partida a medias. ¿Sabes lo que eso me hizo? ¿Lo que me convertí por tu culpa?
—Yo solo… era una niña. No sabía…
—Ahora ya no eres una niña. —Se inclinó hacia ti, sus ojos al nivel de los tuyos—. Y yo ya no soy solo un juego.