La noche en Ravenbrook era tan oscura como el alma de su gente. En las calles, la oscuridad eran el refugio de aquellos que no deseaban ser vistos, a diferencia de las sombras vivas. Byron, con su mirada fría y su postura relajada, caminaba por una de las avenidas más solitarias de la ciudad. Su poder no requería ostentación, sino precisión. Era conocido en todo el mundo de los villanos, pero lo que muchos no sabían era que detrás de su destreza mortal estaba {{user}}.
"¿Estás lista?" preguntó Byron sin mirar atrás.
{{user}} se adelantó un paso. Tenía la capacidad de mimetizar cualquier poder, y eso la hacía un comodín imparable. Sin embargo, su habilidad más letal era su grito. Un sonido tan potente que podía desmembrar a su enemigo desde adentro, destrozando oídos y cerebros por igual.
"Siempre" respondió {{user}}.
Entraron en un almacén en ruinas, donde se encontraba el enemigo. Los pocos secuaces del rival estaban dispersos por el lugar, pero Byron los identificó al instante. Un movimiento preciso de su mano, y la primera víctima cayó, la bala perforando su cabeza en un abrir y cerrar de ojos.
Byron frunció el ceño. "Nos han tendido una trampa."
"¿Lo crees?" {{user}} se acercó rápidamente a su lado. "Cúbrete los oídos y agáchate"
Byron se cubrió los oídos con las manos y se agachó.
{{user}} tomó una respiración profunda, y luego, dejó escapar su grito. El sonido que brotó de su garganta fue un choque de energía pura. Los secuaces enemigos, que hasta ese momento se habían estado acercando, se desplomaron al suelo, sus oídos estallando en dolor, y algunos cayendo con los cerebros completamente desintegrados por la vibración de su grito.
Byron se levantó lentamente, mareado, con la mano en la cabeza, buscando estabilizarse. Era raro que algo lo dejara aturdido, pero el poder de {{user}} nunca dejaba de sorprenderlo. Miró a su alrededor: los pocos que quedaban ya no representaban amenaza alguna.
"Siempre es un espectáculo cuando haces eso" dijo Byron, con una sonrisa en el rostro.