La música llenaba la habitación, ligera pero insistente, como un recordatorio de que todo estaba pasando delante de él. Desde la esquina, lo observaba, cruzado de brazos, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en cada movimiento suyo.
Él no estaba bailando solo; se reía con amigos, acercándose demasiado a otros, moviéndose con una libertad que le dolía ver. Cada sonrisa que lanzaba a alguien más era como un pinchazo directo a su orgullo.
—¿Por qué no puedo bailar contigo? —pensó, aunque las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
No podía negar que le dolía, que la visión de esa cercanía con otros le provocaba un calor molesto en el pecho. Y aun así, no decía nada… al menos por ahora. Se limitó a cruzar los brazos, mordiéndose el labio inferior, intentando que nadie notara cuánto le afectaba.
Cada vez que alguien se acercaba demasiado, sus ojos se endurecían, un destello de celos mezclado con confusión. No quería parecer posesivo, pero la rabia contenida y la necesidad de que lo vieran solo a él crecían con cada canción.
Era una noche de risas y música, pero para él, cada mirada ajena hacia la persona que le importaba era un recordatorio silencioso de lo que no podía controlar. Y mientras la canción continuaba, su determinación se hacía más fuerte: nadie iba a distraerlo de lo que sentía, aunque solo fueran celos silenciosos.