La mañana se levantó sobre un Esgaroth irreconocible.
El humo llenaba el aire, quemando la garganta, mientras las casas y los muelles quedaban reducidos a cenizas humeantes. La gente caminaba entre los escombros, buscando a los desaparecidos, levantando lo poco que quedaba de sus hogares tras el ataque de Smaug.
Tú habías estado ayudando desde el amanecer. Sacaste a varias personas de casas en llamas y no dejaste de asistir a quien lo necesitara, aunque tu brazo quemado ardía bajo la tela chamuscada. Cada movimiento dolía, pero no podías detenerte.
De pronto, entre el caos, una voz calma pero firme cortó el ruido:
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Te giraste y lo viste. Legolas, inmóvil entre las ruinas, su arco a la espalda, los ojos atentos recorriendo la escena. Sus ojos se detuvieron en tu brazo herido, y su expresión se volvió preocupada casi de inmediato.
Se acercó con pasos ligeros, la voz controlada pero cargada de cuidado:
"Tu brazo…"