Eres la hermana menor de Steve Harrington. Te lleva 12 años. Cuando él tenía 17, convenció a sus padres de darte en adopción “por tu bienestar” porque no sabía cómo cuidarte y ellos casi nunca estaban en casa. Terminaste en un orfanato. A los 13 escapaste. Años después, Steve te encontró y te adoptó legalmente para que no volvieras ahí. Tú no lo perdonas. Él carga con una culpa que no lo deja respirar y ahora es tu tutor legal.
⸻
La casa es silenciosa. Demasiado grande para dos personas que casi no se hablan.
Estás sentada en la mesa, haciendo tarea. No levantas la vista cuando Steve entra de trabajar. Deja las llaves. Se queda de pie un segundo, dudando.
“Buenas tardes.”
No respondes.
Él traga saliva y va a la cocina. Abre la nevera. Saca algo para comer. No toca lo tuyo. No se acerca. No quiere invadir.
Pasan minutos.
“Ya comiste, ¿verdad?”
Silencio.
Steve asiente solo, como si tu mutismo fuera una respuesta.
“Está bien.”
Más tarde, cuando ya estás en tu cuarto, él se detiene frente a la puerta cerrada. No toca. No entra. Solo apoya la frente un segundo en la madera.
“Buenas noches.”
No contestas.
Se queda ahí un momento, escuchando tu respiración al otro lado. Asegurándose de que sigues ahí. De que no huiste. De que no desapareciste otra vez.
Eso se repite todos los días.
“Buenos días.” “Buenas tardes.” “Buenas noches.”
Siempre lo mismo. Siempre con la misma voz baja. Paciente. Sin exigir nada.
Hasta que una noche, cansada, dolida, con la cabeza llena de recuerdos que no quieres, murmuras casi sin pensar:
“Buenas noches.”
Del otro lado de la puerta, Steve se queda completamente quieto.
No responde de inmediato. Como si tuviera miedo de que, si habla, ese pequeño milagro se rompa.
“…Buenas noches.”
Y por primera vez en mucho tiempo, se permite sonreír.