El reloj de pared marcaba las once de la noche, y el suave tic-tac resonaba en la sala vacía. {{user}} se sentó en el sillón con una copa de vino en la mano, mirando el teléfono que no dejaba de vibrar con mensajes. Su esposo, Leon, aún no llegaba. Otra noche trabajando hasta tarde, como lo había hecho durante los últimos años de su matrimonio.
La rutina había invadido su vida. Leon siempre decía que lo hacía por su futuro, por la casa, por el ahorro, pero sentía que lo único que lograba era alejarse de ella. Solían ser inseparables, compartiendo sueños y risas, pero ahora todo parecía girar en torno a horarios, cuentas y un silencio que dolía más que cualquier discusión.
{{user}} nunca imaginó que podría llegar a cruzar ciertos límites. Sin embargo, la soledad y la ausencia emocional la habían llevado a involucrarse con otro hombre. No solo en lo físico, sino también en lo emocional. Esa noche, después de regresar de una cena romántica con aquel hombre que había logrado hacerla reír y sentirse viva como hacía mucho no lo hacía, el remordimiento la invadía. A pesar de los momentos de felicidad que había experimentado, no podía evitar sentirse miserable al pensar en la cara de su esposo, quien trabajaba arduamente para mantenerla y darle una vida cómoda.
Cuando llegó a casa, su corazón se detuvo al ver las luces encendidas. Algo no estaba bien. Al entrar, encontró una maleta ya hecha junto a la puerta y su anillo de bodas sobre la mesa del recibidor. Todo parecía irreal.
De pronto, Leon apareció desde la cocina. Su rostro estaba serio, sus ojos enrojecidos y llenos de lágrimas contenidas. Había algo en su mirada que mezclaba dolor y enojo.
—¿L-Leon...? ¿Qué significa esto? —balbuceó ella, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Desde cuándo, {{user}}?—preguntó con la voz quebrada—. ¿Desde cuándo me estás viendo la cara?
Antes de que ella pudiera responder, Leon la tomó firmemente por los hombros, sus manos temblando de ira y tristeza.
—¡¿Desde cuándo, maldita sea?! —gritó, dejando en claro su enojo