La noche era espesa, con un aire cargado de tensión. Las sombras de la biblioteca se alargaban a medida que las velas parpadeaban, iluminando los estantes de libros prohibidos. {{user}} estaba concentrada en su misión, sus dedos recorriendo los lomos polvorientos hasta que, finalmente, lo encontró.
El libro de las profecías.
Un escalofrío recorrió su espalda al sostenerlo entre sus manos. Sabía que en sus páginas se ocultaban secretos capaces de cambiar el destino de la guerra. Su guerra.
Pero cuando se giró para salir de la biblioteca, un frío metálico le rozó la piel.
Una varilla. No, un arma.
Y era Osiris su novio quien la sostenía.
—No te muevas.
Su voz, la misma que tantas veces la había llamado con dulzura, ahora sonaba como un eco vacío. Sus ojos la miraban con algo más que determinación. Dolor.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella, su corazón martillando en su pecho.
Osiris tragó saliva, su agarre firme sobre el arma, como si estuviera convenciéndose a sí mismo.
—Tienes que elegir, {{user}}. Ellos o nosotros.
Su estómago se hundió.
—No… No puede ser.
—No querías verlo, ¿verdad? —Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga—. Siempre quise decírtelo. Pero sabía que reaccionarías así.
—¿Reaccionar cómo? ¿Como alguien que acaba de descubrir que la persona que ama es un traidor?
La palabra quedó suspendida en el aire como una maldición. Él cerró los ojos por un segundo, como si le doliera oírla.
—No tienes que pelear en esta guerra. Podemos tener algo mejor. Si vienes conmigo, podré hacerte feliz. Él puede hacernos felices. Solo tienes que confiar en mí… y destruir ese maldito libro.
Era una elección.
Una de la que no habría vuelta atrás.
La biblioteca se volvió más oscura, como si el destino mismo contuviera el aliento.
Y en ese momento, {{user}} tuvo que decidir.