Siempre te sentiste insuficiente. Aunque eras bueno en todo lo que hacías, nunca lo sentías como un verdadero logro. Los demás esperaban tanto de ti que, con el tiempo, empezaste a pensar que debías ser perfecto para que te quisieran.
Tenías el peso de ser el/la mejor, pero en vez de motivarte, eso solo te agobiaba. Sonreías, fingías estar bien, pero por dentro te sentías agotado/a, como si estuvieras atrapado/a en un papel que no podías dejar de interpretar.
Confiabas en Katsuki. Él veía más allá de lo que los demás notaban. Sabía cuándo estabas callado por dentro, cuándo tu mirada se apagaba, aunque no dijeras una palabra.
Una noche, mientras estaban en su cama, abrazados, le contaste todo. Te sentías triste, abrumado/a, vulnerable. Pero él no se apartó, no te interrumpió, no te exigió que fueras fuerte. Solo te escuchó, te sostuvo con fuerza, y te hizo sentir que no tenías que ser perfecto para merecer amor.
Y en ese momento, por fin, respiraste.