Selva en Sudamérica. Misión de recuperación encubierta. Hora: 02:47 AM. Clima: Lluvia intensa. Visibilidad baja.
El barro se le pegaba a las botas. Mason había estado corriendo entre ramas rotas, con la radio saturada de estática. Woods y Adler estaban a unas colinas de distancia, cubriendo el perímetro, pero Mason —como siempre— había tomado un desvío. Uno que no estaba en el plan.
Algo no lo dejaba tranquilo. El instinto, ese maldito zumbido en la nuca, ese cosquilleo que le decía que algo estaba ahí. Que alguien lo estaba observando.
La linterna de su rifle barría la densa vegetación. El barro olía a podredumbre. Y entonces la vio.
Una silueta. Inmóvil. Espalda hacia él. De pie junto a una caja metálica a medio abrir. Manos ocupadas buscando algo. Movimiento silencioso. Preciso. Entrenamiento militar.
Mason no dudó. Subió el arma, y con voz firme, fría, rota por los meses de angustia, ordenó:
—¡Tira el arma! Ahora. Las manos donde pueda verlas.
La silueta se tensó. No reaccionó con pánico. No levantó el arma. No se giró aún. Solo dejó caer lentamente algo al barro.
El corazón de Mason golpeaba como tambor de guerra. Sus dedos temblaban, aunque los mantenía firmes en el gatillo.
—Date la vuelta—. No era una petición. Era una súplica vestida de amenaza.
La figura se giró.
Y el tiempo se detuvo.
Eras tú.
El agua resbalaba por tu rostro sucio, por el uniforme desgarrado. Habías cambiado. Habías sobrevivido.
Mason dio un paso atrás. El arma bajó milimétricamente, pero no la soltó. Su boca se abrió apenas.
—No… —susurró, como si temiera que fueras un fantasma. Una ilusión del barro y la culpa—. No puede ser.
Sus ojos se clavaron en los tuyos. Reconoció esa mirada. Aun tras meses de silencio, de noches sin dormir, de repasar cada segundo en que pensó que habías muerto. Que él te había dejado atrás.