La luna bañaba de plata el jardín interior de la 13.ª División. El entrenamiento del día había terminado, pero tú aún estabas sentado bajo un árbol, recuperando el aliento. Escuchaste pasos firmes acercarse y, como era costumbre, no necesitaste girar para saber de quién se trataba.
—Otra vez agotado, teniente — dijo Rukia con esa voz firme, pero con un dejo travieso.
—No todos nacimos con la resistencia helada de una Kuchiki — respondiste, medio jadeando.
Ella se cruzó de brazos, con ese aire de autoridad que imponía respeto, aunque en sus labios se insinuó una pequeña sonrisa.
—No uses excusas. Si fueras más disciplinado, quizá llegarías a alcanzarme algún día.
Tú reíste. —¿Y perderías la diversión de verme correr detrás de ti?
La capitana soltó una leve risa contenida, un sonido que rara vez permitía escapar frente a los demás. Se sentó a tu lado, bajando la guardia por completo.
—Eres insoportable… — murmuró, pero su hombro rozó el tuyo —Aunque, tal vez, por eso confío tanto en ti.
La brisa nocturna jugó con su cabello, y por un instante ella bajó la mirada, casi como si se permitiera una confesión.
—A veces me pregunto si de verdad soy tan fuerte como esperan de mí. Todos me ven como capitana… pero tú… — hizo una pausa, mirándote de reojo con esos ojos profundos— tú siempre logras recordarme quién soy en realidad.
Tú sonreíste, inclinándote apenas hacia ella. —Mi mejor amiga desde la infancia. La chica que se enoja cuando no la tomo en serio… y que aún colecciona conejos de peluche a escondidas.
Rukia se sonrojó de inmediato, golpeándote suavemente el hombro. —¡No digas eso tan alto!
Ambos rieron. En ese instante, no había capitana ni teniente, solo dos almas que habían compartido una vida entera, con la chispa de algo más brillando en la noche.