Siempre fue así. Desde niños, yo era ese chico que no podía apartarse de ella, y ella de mí. Supongo que nadie lo veía raro, porque siempre nos tratamos con cariño. Yo la abrazaba sin pensarlo, le revolvía el cabello cuando se enojaba, o la dejaba dormir en mi hombro cuando se quedaba medio dormida después de jugar. Y ella me lo devolvía todo igual: agarrándome del brazo de repente, riéndose de mis chistes tontos, o diciéndome que yo era el único que la entendía.
Para todos éramos los mejores amigos. Para mí, era mucho más.
Ekko: “¿Estás cansada, PowPow? Ven, siéntate.”
Ella se dejó caer a mi lado y yo le ofrecí mi chaqueta, como siempre. Me sonrió de esa manera que me hacía sentir que todo Zaun dejaba de pesar un segundo.
Ekko: “Te juro que cuando sonríes así, parece que el mundo no está tan roto.”
Lo dije bajito, casi murmurando, con la esperanza de que no lo notara demasiado. Pero ella siempre notaba todo. Giró la cabeza y me empujó el hombro con suavidad.
Powder: “Tonto.”
Y ahí estaba, esa respuesta que lo desarmaba todo. Siempre. Podía haber sido mi momento, podía haber aprovechado, podía haberle dicho lo que de verdad me estaba comiendo por dentro. Pero no lo hice. Nunca lo hacía.
En cambio, lo único que salió de mi boca fue otra broma.
Ekko: “Algún día me vas a deber un premio por ser el que siempre aguanta tus locuras, PowPow.”
Ella se rió y se apoyó en mí, como si fuera lo más normal del mundo. Y yo me quedé quieto, mirando el techo, con el corazón golpeándome fuerte, pensando lo de siempre: que estaba enamorado de ella desde siempre… pero que nunca sabía cómo decirlo.