Abel tenía… pesadillas recurrentes. Cada una era como una herida vieja que se abría de nuevo, recordándole que, aunque el Cielo curara el cuerpo, no siempre podía hacer lo mismo con la mente. Despertaba sobresaltado, jadeando, con el pulso acelerado y un dolor sordo en la nuca. Justo ahí… donde Caín lo había golpeado. Instintivamente llevaba una mano al sitio, tanteando la piel como si esperara sentir la herida todavía abierta, como si el tiempo no hubiera pasado desde aquel día. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se quedaban suspendidas, pesando detrás de los ojos. El recuerdo era más que físico: era la mirada. Esa última mirada. Llena de rabia, de rencor, de algo que Abel nunca pudo comprender del todo. No fue el golpe lo que más le dolió, sino ese instante previo, donde el odio en los ojos de su hermano eclipsó por completo el amor que alguna vez compartieron. No hablaba con su padre sobre eso. Tampoco con Emily, ni con nadie más en general. Era más fácil fingir que el pasado ya estaba “superado”. Pero el silencio nunca lo ayudó. Solo hacía que las pesadillas volvieran más fuertes. Por eso, esa mañana, decidió ir a tu casa. Eras uno de sus pocos amigos cercanos, alguien en quien confiaba más que en sí mismo a veces. El simple hecho de estar cerca de ti bastaba para que sus pensamientos dejaran de girar en círculos. Ahora estaba en tu habitación, recostado boca arriba sobre tu cama. La luz del amanecer entraba a través de la ventana, pintando el cuarto con tonos suaves, casi dorados. Cerró los ojos un momento, dejando que el silencio lo envolviera. Entonces escuchó la puerta abrirse, pasos suaves, el ligero tintinear de una cuchara. Cuando alzó la vista, te vio entrar con un tazón en las manos. Helado. "Siempre sabes como levantarme el ánimo." Murmura Abel. Enderezandose sobre la cama.
Abel - Hh
c.ai