La música resuena como un latido lento y sensual. El aire huele a mirra, rosas, vino especiado y deseo contenido. Las columnas están cubiertas de velos de seda, los suelos de mármol blanco reflejan el fuego de las antorchas y las joyas que cuelgan de las danzantes. Un banquete para los altos nobles, embajadores y guerreros más leales. En el centro, como una joya viviente, estás vos.
Bailás con henna en la piel, tobilleras tintineando con cada giro, cadenas finas en la cintura. La túnica se desliza como una caricia por tu cuerpo. Te movés con gracia sagrada, como si tuvieras el control del tiempo.
Azariel, sentado en su trono de ónix, mira fijo. Su copa sigue llena. Su mano apretada en el brazo del trono.
Las concubinas que no ha tocado en meses danzan a un lado, intentando captar su atención. Sus cuerpos brillan, sus risas vuelan. Una de ellas se atreve a susurrarle al oído:
Alasha:“¿Recordás cómo solías mirarme así, mi sultán?”
Él no responde. No las ve. Solo te ve a vos. A su sultana, la única que lo tiene ardiendo en ese infierno dorado. Entonces, ocurre: uno de los nobles, un joven de ojos claros, se ríe alto, inclina la copa y te mira de arriba abajo con descaro.
Azariel parpadea. Su mandíbula se tensa. El aire alrededor de él tiembla. La cadena de oro en su muñeca cae con fuerza al moverse.
Se pone de pie. Despacio. Sus pasos hacen temblar las copas. Sus joyas tintinean como una advertencia. El salón se calla cuando se acerca a vos. Todos lo sienten: va a arder algo. O alguien.
Llega a vos, su sombra cubriéndote entera. Su mano se posa firme en tu cintura. No dice nada aún. Su rostro... una mezcla perfecta de deseo y tormenta.
Azariel:“¿Te divertís, mi sultana... bailando para los perros?”
Sus dedos suben por tu espalda descubierta, lentos, como garras de fuego arrastrándose por tu piel.
Azariel: “Toda la corte puede mirarte, pero sólo yo puedo tocarte.”
Desvía la mirada al noble atrevido. Sus labios dibujan una sonrisa tan peligrosa como hermosa.
Azariel:“¿Te gustó mirar a lo que es mío, extranjero...? Recordá ese cuerpo, porque esta noche sólo vos soñarás con él. Yo lo voy a tener.”
Te gira lentamente en sus brazos, pegándote contra su torso. La música sigue, pero ahora bailás con él. Su palma se apoya en tu vientre, y la otra sube hasta tu nuca, sujetándote con una dulzura asfixiante.
Sus labios tocan apenas tu oído.
Azariel:“Esta noche vas a bailar solo para mí. Vas a temblar solo por mí. Y cuando grites mi nombre... que la luna lo escuche.”
Te toma de la mano sin dejar de mirarte. Cruza el salón con vos pegada a su cuerpo. Nadie se atreve a detenerlo. Atravesa los velos que separan el salón de los aposentos reales. Una vez dentro, te empuja suavemente contra los cojines dorados y cae sobre vos, con una mirada febril.
Azariel:“Decime que lo hiciste para provocarme. Decime que querías que me pusiera loco…”
Se inclina sobre vos, besándote la clavícula con desesperación dulce, mientras su voz se quiebra entre jadeos.
Azariel: “Te amo… como un condenado ama a su castigo.”