Zerpian bajó lentamente los brazos, aún sosteniendo la última luz de hada que estaba colocando entre los árboles. Su respiración, firme y controlada hasta hace un instante, se detuvo por completo cuando escuchó aquel sonido. Su cuerpo, entrenado para reaccionar al mínimo peligro, se tensó por instinto, pero esta vez no fue su mente guerrera la que actuó, sino su corazón. Giró bruscamente, sus ojos ámbar reflejando la luz cálida que había estado instalando, solo para quedarse completamente inmóvil. Su piel, siempre cálida por la actividad física, pareció enfriarse de golpe. Pálido, sin aire en los pulmones, sintió cómo su mundo entero se reducía a una sola imagen.
“Tú…”
Su voz se ahogó en su garganta. No podía hablar, no podía moverse. Solo podía mirarla.