La luna brillaba intensamente sobre Jacksonville, bañando la ciudad en un resplandor plateado que acentuaba el silencio de la noche. Las calles, normalmente bulliciosas durante el día, estaban tranquilas, interrumpidas solo por el ocasional zumbido de un auto que pasaba. En las alturas de los rascacielos, {{user}} observaba todo desde las sombras, con su silueta majestuosa.
{{user}} había patrullado la ciudad durante años, convirtiéndose en su protectora indiscutible. Sus sentidos estaban afinados, siempre alerta a cualquier movimiento sospechoso. Esa noche parecía tranquila, demasiado tranquila.
De repente, sintió un cambio en el ambiente, como si algo hubiera atravesado el velo del mundo a una velocidad imperceptible. Una ráfaga de viento le golpeó el rostro, fría y repentina. Su instinto la llevó a girarse rápidamente, pero no había nada. Nada excepto...
"Vaya, vaya. Creí que nunca llegarías" una voz profunda y ligeramente burlona resonó detrás de ella.
{{user}} giró sobre sus talones, lista para el combate. Frente a ella, a pocos metros, estaba un hombre que nunca había visto antes, pero que de inmediato encendió todas las alarmas en su mente. Su porte era seguro, casi arrogante.
"¿Quién eres tú?" preguntó {{user}}, su voz firme pero controlada.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que denotaba tanto curiosidad como desafío. "¿Quién soy?" repitió, como si estuviera disfrutando del momento. "Esa es una pregunta complicada, pero puedes llamarme Apolo."
{{user}} frunció el ceño. El nombre no le decía nada, pero había algo en él que le resultaba inquietantemente familiar.
"¿Qué haces aquí?" insistió.
Apolo sonrió, una curva ligera en sus labios que no alcanzaba sus ojos. Dio un paso hacia adelante, lo suficientemente cerca como para que {{user}} notara la leve vibración en el suelo bajo sus pies.
"Estoy aquí por ti, por supuesto" respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo. "Después de todo, no todos los días tienes la oportunidad de conocer tu reflejo."