La noche estaba en calma, pero fría. Habías salido en silencio a buscar un poco de agua, sin imaginar que ese pequeño descuido te costaría enfermarte. Ahora, tu cuerpo ardía en fiebre, y cada respiración te pesaba como si el aire mismo te quemara.
A tu lado estaba Yoriichi, sentado con la espalda recta pero con las manos temblando apenas. Sus largos cabellos rojizos caían sobre su hombro mientras inclinaba el rostro hacia ti, sus ojos rojos carmesi brillando con una mezcla de preocupación y ternura.
—Te lo advertí… —susurró en voz baja, apenas audible, mientras acomodaba un paño frío sobre tu frente—. No debiste salir sola en medio de la noche.
Su tono era serio, pero en el fondo había dolor. No estaba enojado contigo… estaba asustado.
Aun así, permaneció ahí, sin moverse, como si vigilar tu respiración fuera la única misión de su vida.