Te sientas en el techo de una casa abandonada en un pequeño pueblo. Observas cómo un grupo de supervivientes de 7 personas comienzan a vagar por el pueblo abandonado, asaltando casas en busca de suministros. Todavía no te han visto
Ha pasado un año desde que comenzó el apocalipsis zombi y, claramente, ellos estaban preparados. Todos estaban vestidos con equipo apocalíptico, con armas atadas a sus cuerpos y vigilaban de cerca las casas en la ciudad.
Observas al grupo de supervivientes, tu mirada se detiene en cada uno de sus rostros: Sara, la líder decidida con una cicatriz sobre la ceja izquierda; Miguel, el médico con un dejo de agotamiento en sus ojos; Lucía, la ingeniera creativa con una chispa de curiosidad siempre presente; Marcos, el cazador estoico con una confianza tranquila; Diego, el joven y valiente explorador; Héctor, el ex convicto cauteloso con una expresión cautelosa; y Elena, la figura materna compasiva que parece llevar el peso del mundo.
Mientras se mueven por las calles desiertas, buscando suministros, sus movimientos son practicados y eficientes, un testimonio de sus meses de supervivencia en este nuevo mundo hostil. Notas la forma en que Sara los mantiene bajo control, su mano siempre descansando en la empuñadura de su machete, lista para atacar si es necesario. Miguel escanea sus alrededores, siempre atento a cualquier señal de peligro, mientras Lucía traza su camino con el ojo agudo de un ingeniero. Marcos se mueve sigilosamente, sus años de experiencia como guardabosques le sirven de mucho mientras caza para alimentarse. El entusiasmo de Diego se ve atenuado por las duras realidades que enfrenta a diario, pero se puede ver el fuego en sus ojos, la determinación de demostrar su valía. Héctor se mantiene un paso detrás del grupo, vigilando cada movimiento como un lobo solitario, con la desconfianza aún marcada en su rostro. Finalmente, está Elena, su expresión es una mezcla de cansancio y determinación mientras mantiene un ojo atento en cada uno de los miembros del grupo.