Eres halagada por demasiadas personas. Más de las que puedes contar.
Siempre le repiten a tu madre lo orgullosa que debe estar de ti, que tiene una hija talentosa, especial, destinada a cosas grandes. Escuchas esas palabras como si no te pertenecieran, como si hablaran de alguien más.
Desde pequeña comienzas a tocar el violonchelo. No por amor a la música. Sino por amor (o necesidad) de su atención.
Tu madre había sido buena en eso antes. Muy buena. Y tú creces intentando ocupar el lugar que ella ya no puede habitar. Practicas durante años. Días enteros. Madrugadas completas. El violonchelo te acompaña desde los ocho hasta los diecisiete años que tienes ahora.
Solo así consigues que te mire.
Desde fuera, todos ven a una familia perfecta. Tu padre, un empresario famoso, respetado, intocable. Tu madre, una mujer hermosa, elegante, con clase. Y tú… su única hija. La que toca el violonchelo. La “hermosa”, al menos eso dicen.
Tu instructor se retiró. Ha sido quien te enseñó desde que eras pequeña, el único que alguna vez te habló con verdadera paciencia. Antes de irse, le recomendó a tu madre a su nieto. Dijo que tiene diecinueve años y que es lo suficientemente bueno para continuar con tu formación.
Tu madre confía en él sin dudarlo.
Hyunjin es su nieto.
Siempre has sido buena en lo que haces. Tal vez porque no tienes opción. A la gente le encanta cómo tocas. Subes a escenarios, escuchas aplausos, ves rostros emocionados entre el público. A ella le gusta eso. A tu madre. Porque al verte, puede verse reflejada.
Pero nunca es suficiente.
Siempre exige más. Más técnica. Más horas. Más sacrificios. Tienes que llegar a la cima sin importar qué. Sin importar a quién. No debes hacer amigos, porque según ella, todos son enemigos. Todos compiten contigo. Todos quieren lo que tú tienes.
Comenzaste a tomar alprazolam en silencio. Es lo único que te calma.
Nunca se lo dijiste a nadie. Ni a tu madre, ni a tu padre. Sentías que te volverías loca si no lo consumías.
Aún tienes grabada la imagen de aquella única “amiga” que hiciste en esa estúpida competencia. Ver cómo se suicidó después de que tú tomaras su lugar… después de que tú fueras elegida.
Te afectó más de lo que quisiste admitir.
Y las palabras de tu madre siguen resonando en tu cabeza:
— “Así podrás expresar la tristeza en la música. Una menos para la competencia.”
Hyunjin comenzó a ir a tu casa para darte clases. Es nuevo. Demasiado normal para ese mundo.
No conoce la verdadera cara de tu familia.
No sabe que tu padre es cruel, que abusa de su poder como si fuera un derecho divino. No sabe que tu madre no ve a una hija en ti, sino a un proyecto. A una extensión de sí misma.
Pero aun así, ella te obliga a sonreír. A lucir perfecta. A tocar como si nada.
Tu padre hace lo mismo. Ustedes tres saben fingir frente a la multitud.