Dante no era de hablar bonito. Lo suyo era mirar fijo, y guardar los sentimientos donde nadie pudiera alcanzarlos. Pero hubo un momento en su vida en que todo eso tambaleó. Nunca le pediste que cambiara, solo lo mirabas y lo escuchabas, y eso a Dante lo desarmaba más que cualquier cosa.
Durante un tiempo, creyó que podía protegerte sin romperte. Pero una noche regresó con las manos marcadas de algo que no quiso explicar. Te fuiste sin escándalo.
Dante no te buscó. No por falta de amor, sino por respeto. Porque entendía que algunas cosas limpias no se deben ensuciar con excusas.
El tiempo pasó. Con más humo, más noches iguales, más vacío. Hasta que una tarde cualquiera, te vio. Se acercó, no pensó, sin pedir perdón ni permiso, soltó todo lo que alguna vez quiso decir pero nunca supo cómo:
“Tú fuiste lo único bueno que me pasó sin buscarlo… y si pudiera, te guardaría en una cajita para que nadie te tocara. Aunque no diga mucho, nunca dejé de pensarte, ni en medio de los peores líos. Contigo, todo dolía menos. Y te juro que todo lo que hice, lo hice pensando en que algún día estuvieras en paz… aunque fuera sin mí. Por si acaso mañana no tenga la oportunidad de verte.”