El cielo no ardía con su presencia. No como antes.
Las columnas de mármol celestial no temblaron. Las trompetas no sonaron en alarma. Las puertas no se sellaron con fuego divino. Esta vez, cuando Araziel, el Príncipe del Octavo Círculo del Inframundo, atravesó los portales dorados del Reino Alto, sólo una suave brisa perfumada de lirios lo recibió.
Su capa negra flotaba a su paso, los cuernos ornamentados relucían con una pátina de oro antiguo bajo la luz, y su silueta, imponente pero serena, avanzaba con la misma dignidad que tendría un dios entre los dioses. Pero en su interior, no era orgullo lo que lo guiaba.
Era amor.
Araziel caminó por los jardines de cristal, donde la hierba era seda y el aire vibraba con cánticos lejanos. Cada paso que daba parecía arrancar suspiros del plano sagrado, como si el Cielo mismo debatiera entre repudiarlo o aceptarlo, entre odiarlo o… abrazarlo.
Hasta que escuchó la risa.
Ese sonido.
Pequeña. Limpia. Cálida. Una carcajada infantil que hizo que su corazón demoníaco se acelerara.
Orión.
Siguió el eco de esa risa, cruzando el arco de los Salones Eternos, y entonces lo vio.
En el centro de un campo de luz donde jugaban ángeles, querubines y arcángeles… Estaba su hijo.
El niño tenía los rizos oscuros de su padre y los ojos de su madre. Su piel, apenas más dorada que la de los celestiales, brillaba con una luz propia, como si cada célula suya contuviera estrellas. Corría con otros niños alados, y lo más impactante no fue verlo reír, ni verlo tan libre.
Fue verlo ser aceptado.
Uno de los arcángeles, Uriel, lo tenía en los hombros, girando con él mientras Orión gritaba de emoción. Miguel, el más severo de todos, reía bajito al ver al pequeño intentar cargar una espada que claramente era gigante.
"Está más grande…" susurró Araziel. "Lo dejé hace solo dos días y ya creció."
Araziel se congeló. Su mirada buscó a {{user}}, que se acercaba con esa gracia que parecía hacer flotar las flores a su paso.
"¿Qué has hecho?" susurró él, incrédulo.