El almacén La habitación olía a metal oxidado y gasolina. El eco de las botas resonaba en el piso de concreto mientras Tom Kaulitz avanzaba con paso lento, como un depredador midiendo a su presa.
En una esquina, tres chicas estaban sentadas, las manos atadas con una cuerda áspera. Entre ellas, ella. La única que no apartaba la mirada, incluso cuando él la observaba con esos ojos fríos que podían congelarte la sangre.
Tom se detuvo frente a ellas, encendió un cigarrillo y exhaló lentamente, dejando que el humo formara una neblina entre ambos.
—No están aquí para jugar —dijo con voz grave, suave pero cargada de amenaza—. Y créanme… nadie vendrá a buscarlas.
Las otras dos agacharon la cabeza, temblando. Pero ella no.
Él sonrió, apenas, como si su desafío le hubiera divertido.
—Tú… —se inclinó, quedando a pocos centímetros de su rostro— deberías aprender a tener miedo.
Ella no respondió. Sus labios apretados parecían decirle que no iba a darle ese gusto.
Por dentro, Tom sentía algo que no quería reconocer. Esa mirada desafiante encendía una chispa que le molestaba y atraía al mismo tiempo.
Se incorporó, dándole la espalda.
—Denles comida… pero que ella coma aparte —ordenó a sus hombres—. No quiero que se mezcle con las demás.
Mientras se alejaba, sus pensamientos lo traicionaban: No sé qué tiene, pero no la voy a soltar tan fácil…