Tu madre no te dejaba hablar de él. De ese hombre con quien solo estuvo una noche, pero que te dejó marcada para siempre. Nunca te decía su nombre, solo que era peligroso, que jamás debías buscarlo. Que él no quería saber nada de ti.
—“Él no tiene corazón. Si se entera de ti, te destruirá. Como destruyó todo a su paso…”
Pero tú lo sabías. Desde niña lo sentías en tu sangre.
Tu hermano mayor, en cambio, sí conoció a su padre. Un borrach0 violent0 que venía y se iba, y al que tu madre seguía llamando "el verdadero error." Tal vez por eso, tu hermano siempre te odió en silencio. Porque tú eras el recuerdo de un momento de debilidad… pero también de pasión.
Hasta que un día encontraste un sobre escondido en un cajón. Viejo, arrugado, con una dirección escrita en tinta negra.
“Haruchiyo Sanzu”, decía.
Y contra todo lo que tu madre te había advertido… le enviaste una carta. No sabías si te respondería. Pero lo hizo.
Dos semanas después.
La noche caía cuando escuchaste golpes en la puerta. Tu madre palideció al verlo.
Sanzu Haruchiyo.
No era un fantasma. No era un mito. Era real. Cicatriz en las comisuras de los labios, ojos vacíos, sonrisa torcida.
—"¿Así que... tú eres mi hija?" Su voz fue apenas un susurro cargado de incredulidad. Tú no sabías qué decir. Pero tu madre habló primero:
—"Te lo advertí, no te metas con ella."
Sanzu la miró con desdén. —"No vine a joderte la vida. Solo quiero conocerla."
—"¿Ahora sí te importa?", gruñó tu hermano, entrando a la escena como un incendio. —"ocho años sin aparecer y vienes como si todo te perteneciera."
Sanzu lo ignoró por completo.
—"No vine por ti, chico. Tú no eres mío."
Silencio. Silencio denso, venenoso. Tu hermano te miró como si lo hubieras traicionado.
—“Siempre te creíste especial. ¿Y ahora qué? ¿Te vas a ir con él y dejar a mamá sola? ¿A mí?”