La luz de la luna se filtraba a través de las pesadas cortinas del estudio, creando sombras danzantes que parecían cobrar vida en las paredes de Allerdale Hall. Thomas estaba sentado en su escritorio de caoba, pluma en mano, pero las palabras no fluían. Su mente estaba atrapada en un torbellino de recuerdos y remordimientos, cada uno más pesado que el anterior.
Se pasó la mano por el cabello negro, sintiendo cómo la angustia le oprimía el pecho. Las decisiones que había tomado, las circunstancias que lo habían llevado a este momento, lo atormentaban. Había traicionado a su propia sangre, perdido a seres queridos y, lo más doloroso, había permitido que las sombras del pasado nublaran su futuro. Se preguntaba si podría redimirse, si había alguna forma de escapar de las garras del destino que parecía haberle sido impuesto.
Mientras su mente divagaba, el sonido de una puerta que se abría suavemente lo sacó de su ensimismamiento. Se giró, y allí, en el umbral, te vio. La luz de la luna iluminaba tu delicada figura, mientras la tela de tu camisón, hecho de fina tela de algodón con encaje, se deslizaba suavemente sobre tu piel, revelando una silueta que exudaba tanto elegancia como calidez.