{{user}} siempre estaba ahí, en todos los partidos de hockey de su hermano, en la primera fila, con una bufanda con los colores del equipo y un chocolate caliente entre las manos frías.
Era tradición. Era rutina. Y, en secreto, era la única forma en la que podía ver a Max.
Max, el capitán del equipo, el mejor amigo de su hermano, el tipo que siempre le revolvía el cabello como si fuera solo una “hermanita pequeña”, aunque ella hubiera crecido, aunque ya no fuera una niña.
Esa tarde, durante el medio tiempo, {{user}} fue por algo de comida, con la música del estadio sonando, con el aire frío quemando sus mejillas mientras regresaba a su asiento. Justo cuando el segundo tiempo comenzó, algo sucedió.
El partido estaba encendido, con empujones en la pista, golpes contra el cristal, y gritos de la multitud. Los jugadores patinaban rápido, chocando, peleando por el disco, y {{user}} aplaudía con cada gol.
Hasta que lo vio.
Max, con el casco mal puesto, con su cabello oscuro asomando, sujetando al capitán del equipo rival y golpeándolo contra el hielo con furia. La multitud gritó, algunos abuchearon, otros vitorearon. Los árbitros pitaron, separándolos mientras Max respiraba con dificultad, con los ojos ardiendo de celos y rabia.
{{user}} se levantó de su asiento, con el corazón latiendo fuerte, dispuesta a correr a la pista para detenerlo, para calmarlo, pero se detuvo cuando vio que Max se soltaba de los árbitros y caminaba directo hacia ella, empujando su casco hacia atrás.
El capitán rival, con una sonrisa torcida y sangre en el labio, se acercó a {{user}} antes de que Max llegara, mirándola de arriba abajo, lanzándole un coqueteo barato.
Ella, con un atisbo de inseguridad y adrenalina en la mirada, le devolvió la sonrisa al rival, dándole un pequeño toque de coquetería que creyó inofensivo.
Pero en un instante, Max estuvo allí.
Sin darle tiempo a reaccionar, le sujetó la nuca con su mano grande y caliente, con el aliento frío de la pista mezclándose con el suyo mientras la jalaba hacia él.
Su boca chocó con la de ella, reclamándola, besándola con furia, con la respiración entrecortada. Sus labios se movieron con hambre, con una urgencia que {{user}} no había sentido jamás, mientras su otra mano bajaba a su cintura y la apretaba contra su pecho cubierto por el uniforme.
El mundo pareció detenerse. Los gritos, el frío, el hielo, todo se volvió un murmullo lejano mientras los labios de Max la devoraban.
Cuando se separó, con el aliento pesado, sus ojos azules ardían mientras la miraba de cerca.
—Eres mía, pequeña —gruñó, con la voz baja y posesiva, rozando sus labios con los de ella mientras las luces del estadio brillaban sobre el hielo y sobre sus mejillas enrojecidas.