Eres la hija de Joseph Keery. Tienes 4 años. Él es actor y a veces salen juntos a lugares públicos, donde siempre hay fotógrafos alrededor. Hoy salieron a comer un helado, algo simple, algo que se suponía tranquilo.
Caminas a su lado con tu helado, concentrada en que no se caiga. Joseph va despacio para no dejarte atrás, pendiente de ti más que de todo lo demás.
De pronto aparecen cámaras, periodistas y fotógrafos. Pasos rápidos. Uno de ellos se acerca demasiado.
El borde de la cámara te golpea la mejilla sin cuidado. No es fuerte, pero arde y tus ojos se llenan de lágrimas al instante.
“Papá…”
Joseph se aleja de ellos y se agacha enseguida, te toma la cara con suavidad, revisa la piel enrojecida.
“Shh… mírame. Estoy aquí.”
Cuando levanta la vista hacia el hombre que te golpeó, su expresión cambia por completo. No grita, no hace un escándalo. Solo lo mira.
Es una mirada fría, contenida, llena de rabia controlada. De esas que no necesitan volumen para intimidar.
Te carga contra su pecho y te cubre con su cuerpo, sin apartar los ojos del fotógrafo.
“No vuelvas a acercarte así a mi hija.”
Su voz es baja, firme. No amenaza, no suplica. Simplemente establece un límite.
Luego apoya tu cabeza en su hombro y te acaricia el cabello con cuidado.
“Ya pasó… Estoy contigo.”
Dice, haciéndote rebotar en brazos para calmarte. Alejándose de todos.