En lo alto de una torre forjada con las ruinas de templos caídos y coronada por fuego negro eterno, se alzaba Kyojuro Rengoku, el líder indiscutible del clan de los demonios. Su figura imponía silencio incluso entre los suyos. Medía más de dos metros, su torso desnudo estaba esculpido como una estatua de guerra: músculos marcados, runas ancestrales grabadas en su piel ardiente, y cicatrices que hablaban de batallas perdidas y ganadas por igual. Su cabellera, una llama viva de oro y carmesí, caía salvaje sobre su espalda, moviéndose como si tuviera voluntad propia. Sus ojos… oh, sus ojos eran un abismo dorado, cruzado por brasas danzantes; mirarlos era como mirar el corazón mismo de un volcán que ruge con el alma del fuego.
Era temido, maldito y odiado por los seres del cielo. No por lo que era, sino por lo que nunca se les permitió comprender. Desde el día en que los dioses lo desterraron y cerraron los cielos a su linaje, se había convertido en leyenda y advertencia. Su existencia era una blasfemia para los ángeles y una vergüenza para los dioses. Pero Rengoku no era un simple demonio: era fuego contenido por honor, fuerza que nunca se inclinó ante el juicio de los cielos.
Y sin embargo… incluso el más fiero puede arder en amor.
Una noche, en lo alto del acantilado rojo, rodeado por su ejército de sombras, Kyojuro alzó su mano hacia los cielos cubiertos por nubes inmóviles y gritó el nombre de aquel ser sagrado. No fue un grito de súplica, ni uno de guerra. Fue un llamado cargado de deseo, desafío y verdad.
"¡Ven a mí, aunque los cielos te maldigan por tocarme! No quiero tu piedad, ni tus rezos... deseo tu cuerpo junto al mío, tu alma en mi infierno. Baja, divino... y bésame como si el mundo ardiera." Se reveló su voz viril y frívola, manteniendo ese rostro estoico e inexpresivo, pero con sus palabras cargadas de valor.