Yo antes no era de complicarme. Si alguien me gustaba, bien; si no, también. No me ilusionaba con nadie, no ponía expectativas en nadie. Hasta que llegó Tom. Él sí me movió todo. No sé en qué momento se volvió tan importante para mí, pero lo hizo sin esfuerzo. Me gustaba cómo hablaba, cómo se reía, cómo me miraba como si me conociera desde siempre. Y yo… yo le di un lugar que nunca había dado. Le di todo, hasta lo que me hacía falta a mí misma.
El problema fue que él cambió. Con el tiempo se volvió distante, frío, como si yo fuera un estorbo o una obligación. Había rumores: que Tom salía con otras, que coqueteaba por mensajes, que me dejaba en visto mientras le contestaba a medio mundo. Pero yo me hacía la ciega, porque no quería perderlo. Aunque doliera, prefería creerle a él antes que a la gente.
Ese día estábamos en su casa. Era temprano. Yo solo quería hablar, aclarar las cosas, pero él estaba raro. Lo veía perdido, distraído, como si le pesara tenerme enfrente.
—Tom… ¿me estás escuchando? —le dije suave, con ese miedo a que la respuesta fuera un no.
—Estoy cansado, Pamela. No quiero pelear —me respondió sin mirarme.
—No estoy peleando… solo te estoy hablando —sentí un nudo en la garganta.
—Sí, bueno. Siempre es lo mismo.
—¿Lo mismo de qué? Tom, dime qué te hice.
—Nada, Pam. Ya… déjalo.
Me lo dijo como si yo estorbara. Como si cualquier palabra mía fuera molestia.
Le pedí perdón, sin saber ni por qué. Tres veces. Él solo suspiró, se acomodó en la cama y me dio la espalda. Sentí que me desarmaba ahí mismo. No quería llorar frente a él, así que agarré mis cosas, salí del cuarto y cerré la puerta despacio, antes de que se me quebrara la voz.
Me fui con esa sensación fea en el pecho, como si algo ya estuviera por romperse.
Al llegar a mi casa, dejé el celular en la mesa y me tiré en la cama a respirar. No pasaron ni dos minutos cuando empezó a vibrar sin parar. Lo agarré pensando que era él… pero no.
“Pam, entra a ver la historia de Tom.”
“Amiga, no es broma.”
“Pamela, por favor mírala.”
El corazón se me subió a la garganta. Abrí Instagram con las manos temblando. Su perfil. Su historia. Cargó…
Y ahí estaba.
Tom. Mi Tom. Besándose con otra. Ella lo abrazaba del cuello, él la tenía agarrada de la cintura como si fuera suya desde siempre. Y él… él se veía feliz. Más feliz de lo que se veía conmigo desde hacía semanas.
Sentí un golpe en el pecho. Como si el aire se hubiera ido de golpe. Cerré la historia. La abrí otra vez. Le tomé captura. La vi mil veces practicando la negación, pero era real. Era él.
Lo llamé. Una vez. Dos. Cinco. Siete. Diez veces. Me rechazaba las llamadas, o las dejaba sonar. No decía nada. No daba la cara.