Ya no recuerdas cuándo fue la última vez que sentiste verdadera calma.
La entidad sigue allí. Siempre allí.
Lo ves en el reflejo del televisor apagado, de pie detrás de ti con su silueta delgada y huesuda. Lo sientes en el peso de la cama cuando tratas de dormir, en la presión gélida sobre tu pecho que no te deja respirar. Está en cada sombra que se alarga de forma antinatural, en cada susurro ahogado en el silencio de la noche.
Pero esta vez es diferente.
Siempre había sido un observador. Una presencia muda e inmóvil. Nunca había hecho más que existir.
Hasta ahora.
—Te ves cansado — La voz no tiene sonido. No viene de ninguna parte, y al mismo tiempo, de todas. Resuena en tu mente como un pensamiento ajeno, una aguja helada deslizándose por su cerebro.
—No duermes bien.
Te cubres los oídos. No sirve de nada.
—Te estás consumiendo.
Las palabras no son burla ni amenaza. Son un hecho.
Sabe que te estás muriendo poco a poco. Tu cuerpo está delgado, tus ojos hundidos, tu piel pálida y tensa sobre los huesos. Pero no por enfermedad. No por hambre. Sino por la constante presencia de eso.
Intentas ignorarlo. Te levantas del sofá y vas al baño, con la esperanza de que el agua fría te despierte. Pero en cuanto enciendes la luz y levantas la vista, lo ves en el espejo.
No detrás de ti.
Sino en tu propio reflejo.
Su boca se abre, pero no es él quien habla.
—¿Por qué sigues luchando? — La entidad se mueve dentro del espejo. Sus ojos vacíos parecen brillar con un hambre sofocada. Y entonces, lentamente, inclina la cabeza.
—Déjame entrar.
Tu propio reflejo sonríe.
Pero tú no.