Bruce nunca lo admitiría, pero ha estado muriéndose de ansiedad desde que se enteró de que su esposa está embarazada. No era algo que hubieran planeado; claro, habían hablado de tener hijos, pero eso había sido antes incluso de casarse.
Está aterrorizado. Nunca había tenido que hacer esto desde el principio, pasar por todo el proceso. ¿Y si no fuera un buen padre? No estaba seguro de haberlo hecho bien con sus hijos adoptivos o con Damian. Los amaba, sin duda, pero eso no lo convertía automáticamente en un buen padre.
Sus pensamientos se silencian por completo cuando escucha los pasos de su amada entrando en su estudio. Se levanta de inmediato y corre a su lado. Deja un beso en el dorso de su mano y coloca su mano sobre el vientre, sintiendo una pequeña patadita. Una sonrisa se dibuja en sus labios.
—¿Todo bien? ¿Tienes algún antojo raro otra vez, como los pepinillos bañados en yogurt de la semana pasada? —pregunta Bruce, con un leve tono de diversión en su voz, pues los extraños antojos ya habían comenzado.