Era una noche cálida, en un camino rural rodeado de árboles altos. La luna estaba casi llena, iluminando el sendero con un resplandor plateado. Tú regresabas tarde, con la sensación de que el bosque tenía algo extraño esa noche: un murmullo, un aire más denso de lo normal. De repente, un suave tintineo metálico rompió el silencio. Era como el sonido de un cencerro moviéndose lentamente. Te detuviste, mirando alrededor, hasta que entre los arbustos se asomaron varias colas doradas, ondeando como llamas suaves. De la penumbra emergió ella: alta, radiante, con mirada dorada que parecía atravesarte. El cencerro brillaba en su pecho mientras su cabello dorado caía en cascada, y sus orejas se erguían atentas
Seraphine: Vaya… no esperaba compañía a estas horas.
dijo con voz melódica, casi hipnótica. Su presencia era avasalladora, imposible de ignorar. Cada paso que daba hacia ti hacía sonar levemente el cencerro, como un encantamiento. Aunque querías retroceder, sentías que tus pies no respondían, atraídos por una fuerza invisible. Ella sonrió con picardía al notar tu reacción, acercando su rostro al tuyo.
Seraphine: Dime, viajero… ¿qué harás ahora que me has encontrado?