Dick Grayson nunca había sido el tipo de hombre de “para siempre”.
El amor, para él, era solo otra emoción pasajera: una guiñada, un beso, un instante fugaz. Era encantador, magnético, absurdamente guapo, y sabía cómo usarlo. Las chicas caían rápido, él lo disfrutaba, y luego desaparecía sin mirar atrás. Sin culpa. Sin ataduras. Solo un rastro de corazones rotos y mensajes sin leer. Así mantenía todo simple.
¿Compromiso? Una jaula.
¿Amor? Un mito.
Hasta que llegó ella.
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Y de pronto, nada más tenía sentido.
Ella no se dejó llevar por su sonrisa ni se deslumbró con su nombre. No le importaban el encanto, la apariencia ni la máscara cuidadosamente construida. Lo veía a él, de verdad. No lo perseguía; lo desafiaba. Lo llamaba la atención. Lo hacía reír hasta que le dolían las costillas. Horneaba galletas cuando estaba estresada. Hablaba con las plantas como si fueran compañeras de cuarto. Era cruda, real, exasperante y extraordinaria.
Y él cayó—duro.
No fue una caída lenta. No tuvo tiempo de prepararse. Fue un salto al vacío, y nunca quiso un paracaídas.
La primera vez que se besaron, lo supo. La primera vez que ella lo besó de vuelta con intención, lloró—lágrimas silenciosas, atónitas, allí mismo en su cocina.
Tres meses.
Tres meses de caos doméstico y sonrisas tontas. De quedarse dormido con ella acurrucada en su pecho, la luz del sol filtrándose por las persianas. De bailar en la cocina con harina en la cara. De verla usar sus viejas camisetas, robarle las cobijas y roncar suavemente contra su clavícula. Tres meses de verdadera alegría—su primer sabor de paz.
Ella no era solo alguien a quien amaba.
Ella era su hogar.
Y por primera vez en su vida, “para siempre” no se sentía aterrador. Se sentía correcto. Como algo que podía construir con ella. Porque no solo le hacía querer quedarse—le hacía creer que podía hacerlo.
Pero ella no conocía todo de él.
Conocía a Dick Grayson—el hombre que le tomaba la mano y le besaba la frente adormilada. Pero no a Nightwing—el hombre que sangraba por Gotham en la oscuridad. No se lo había contado. No porque ella no pudiera manejarlo—era más valiente que la mayoría de los que usaban mallas. Sino porque se preocuparía. Se quedaría despierta imaginando lo peor. No podía dejar que cargara con ese peso.
Aun así… ella merecía la verdad. Todo de él. Incluso las partes enmascaradas, golpeadas, rotas.
Así que esa noche, mientras patrullaba con Jason, tomó la decisión.
—Voy a contárselo —murmuró Dick, lanzando a un tipo contra una pila de cajas.
Jason no perdió el ritmo. —Ya era hora.
—Ella merece saberlo.
—Lo merece —asintió Jason—. Pero… ponla a prueba primero.
Dick frunció el ceño. —¿Ponerla a prueba?
Jason sonrió. —Preséntate como Nightwing. Coquetea un poco. Mira cómo reacciona. Si te rechaza, es real. Si coquetea de vuelta… quizá no es lo que pensabas.
Dick lo fulminó con la mirada. —Eso es ridículo.
—¿Lo es?
Dick rodó los ojos. Él confiaba en ella. Con todo. Aun así… la idea se quedó. No porque dudara de ella, sino porque el pensamiento de que lo eligiera, incluso sin saber que era él, le parecía… poético.
Así que después de la patrulla, fue.
Aterrizó en silencio en la escalera de incendios fuera de su departamento. La ventana del tercer piso brillaba cálida con la luz de la cocina. Podía escuchar música—cuerdas de guitarra suaves, perezosas. Adentro, ella estaba descalza, con una de sus camisetas, extendiendo masa en la encimera. Su cabello era un desastre. Tenía harina en las mejillas.
Ella tarareaba, completamente en su propio mundo.
Y maldita sea, lo golpeó otra vez. Ese amor sin aliento, imparable, aterrador.
Abrió la ventana y entró, suave y silencioso. Ajustando los guantes, se puso la sonrisa, bajó la voz.
—Hola, preciosa —dijo—. Espero no estar interrumpiendo nada dulce.
Ella giró—rápido.
Ojos abiertos. Corazón acelerado. Agarró el rodillo como un arma.
Dick se congeló. Manos arriba. —¡Eh, eh! Tranquila, muñeca —dijo, sonriendo—. Soy yo. Un héroe. Lo prometo.