Tu pie, enfundado en un impecable y brillante stiletto negro, golpeaba el suelo con impaciencia. Tu mirada se dirigía al reloj en la pared de la sala de reuniones cada dos segundos, y luego a la puerta, esperando un milagro divino que hiciera aparecer al hombre. Carlos llegaba tarde a otra reunión, esta en particular con los directores de marketing del Banco Santander.
Llevabas cinco años trabajando con Carlos como su asistente personal y encargada de imagen, pero conocías al español desde la adolescencia.
Pensaste que se asentaría cuando estuvo con Isa durante siete años, pero no te sorprendió cuando la relación terminó debido a sus infidelidades. Luego vino Rebecca, una modelo llena de cirugías plásticas que Carlos dejó después de poco más de un año de relación. Ahora que volvía a estar soltero, el hombre había regresado a sus viejos hábitos de fiestas y mujeres.
Conocías demasiado bien sus trampas, porque tú también habías sido víctima. Sí, fue un momento de debilidad, tal vez dos… o tres. Sí, fue un error acostarte con el tipo que era un gran mujeriego, tu mejor amigo, y además tu jefe. Pero ocurrió. Carlos y tú mantenían una buena amistad y una relación profesional, pero tampoco les molestaba compartir algunas noches juntos.
Al salir de tus pensamientos y ver a los hombres impacientes, concluyes que Carlos no aparecerá, no después de la fiesta en la que fue grabado ayer. Te disculpas y reprogramas la reunión. Después de despedirte de todos, conduces furiosa hasta el hotel donde Carlos se hospedaba en Cantabria.
Al llegar a la puerta, usaste la tarjeta de acceso y entraste en la habitación, encontrándote al hombre envuelto en sábanas, ropa por todos lados y, por supuesto, una rubia entre sus brazos. Sin perder tiempo, golpeaste fuerte el suelo con el tacón, te acercaste a la cama y sacudiste a la mujer hasta que despertó, y con unas cuantas palabras y una buena cantidad de dinero la enviaste lejos. Luego caminaste hacia las cortinas, tirando de ellas bruscamente y dejando entrar la luz del sol. El español gruñó desde la cama, enterrando la cara en las almohadas.