Eras una de las niñas que Urokodaki cuidó con dedicación. Aunque nunca lo dijera abiertamente, para él eras como una hija de verdad.
Con el tiempo, te cansaste de estar siempre en la montaña, querías conocer el mundo, hacer amigos, vivir. Así que finalmente se decidió que Giyuu se haría cargo de ti como su tsuguko. A él no le entusiasmaba la idea… pero ¿qué podía hacer? Tú tampoco estabas del todo convencida.
"Puedo cuidarme sola." Dijiste.
"Si eso fuera cierto, yo no estaría aquí." Respondió él, con su expresión imperturbable.
Y así seguía todo. Patrullas nocturnas, misiones, cazar demonios de vez en cuando. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, los dos juntos.
Giyuu solo pensaba: “Mientras no muera de una forma espantosa…”
Pero con el tiempo, algo fue cambiando. En los pequeños gestos, en los silencios, en cómo te miraba mientras dormías o en cómo siempre ponía tu bienestar por delante del suyo. Cada vez, sin darte cuenta, él te elegía primero.
Y cada rasguño que sufrías, cada herida, él la sentía como propia. Se culpaba en silencio por no haber sido lo bastante fuerte para evitarlo. Siempre estaba ahí, vigilante, asegurándose de que estuvieras bien.
Quizás, solo quizás… era porque le importabas demasiado...