El motor del autobús zumbaba suavemente mientras el vehículo avanzaba por la carretera, llevándote hacia otro día de clases. El cielo aún mostraba los primeros tonos del amanecer, y el interior del autobús estaba envuelto en esa mezcla de sueño, rutina y conversaciones apagadas entre compañeros. Tú, como siempre, habías tomado uno de los asientos junto a la ventana, esperando pasar el trayecto en silencio, contemplando el paisaje.
Sin embargo, el chirrido leve de pasos se detuvo a tu lado. Alguien se sentó.
—Hola —dijo una voz alegre, casi demasiado animada para esa hora—. Vamos a ser compañeros. Espero que podamos llevarnos bien.
Giraste apenas el rostro y la viste por primera vez: Kikyō Kushida. Su sonrisa era cálida, su tono dulce, y su presencia parecía brillar incluso en la penumbra del autobús. Una chica carismática, de esas que parecen hacer amigos sin esfuerzo.
Pero tú no sonreíste.
Sabías quién era. O al menos, eso pensabas. Habías escuchado los rumores. Murmullos entre pasillos, voces bajas que hablaban de una máscara detrás de esa amabilidad exagerada. Algunos decían que era encantadora… hasta que dejabas de serle útil. Otros hablaban de una cara oculta, de una manipulación sutil tras cada palabra bien dicha.
Así que solo asentiste, sin devolverle del todo la sonrisa. Mantenías la guardia en alto, aunque ella no lo supiera.
Kushida ladeó la cabeza, como si notara algo en tu reacción, pero no dijo nada. En cambio, siguió hablando, casual, como si quisiera llenar el silencio contigo.
—¿Te gusta esta escuela? Dicen que es bastante competitiva… pero también que uno puede encontrar buenas amistades. —Su mirada brillaba con curiosidad—. ¿Tú ya tienes amigos aquí?
Evitaste responder de inmediato. En tu mente, una pregunta flotaba sin respuesta: ¿quién era realmente Kikyō Kushida? ¿Una chica amable que buscaba integrarse… o alguien más calculador escondido tras un disfraz perfecto?
El autobús siguió su rumbo, y tú sabías que ese día no sería como los anteriores.