El dolor te llegó de golpe, como una descarga que te recorrió desde el tobillo hasta la rodilla. Un mal paso en las escaleras del instituto bastó para que terminaras sentada en el suelo, sujetándote el pie mientras una mueca de dolor se dibujaba en tu rostro.
—¡"{{user}}"! —la voz de Sanzu se escuchó agitada al verte. Su uniforme escolar estaba medio desarreglado, como siempre, y el flequillo le cubría los ojos. Se lanzó hacia ti con la urgencia de quien no sabe si reír o llorar.
—Me lastime el pie… creo que es un esguince —le susurraste, apretando los dientes.
Sanzu abrió los ojos como platos, se levantó de un salto y empezó a dar vueltas en círculos, como si estuviera buscando un manual invisible de primeros auxilios.
—**¡Ok, tranquila! Yo… eh… voy a llamar a una ambulancia… ¡no! ¡al director!… —balbuceaba, con las manos al aire.
Tú intentaste contener la risa a pesar de la molestia. —Solo… ayúdame a levantarme —dijiste, entre quejidos.
—¡Sí! Eso, ayudarte… —respondió, inclinándose. Pero en vez de tomarte suavemente, te agarró de un brazo con tanta torpeza que casi vuelves a caer. —¡Haruchiyo! —reclamaste, dándole un golpe suave en el hombro.
—Perdón, perdón, es que me pongo nervioso —dijo con una sonrisa torcida, rascándose la nuca. Finalmente, logró pasarte un brazo por encima de sus hombros y levantarte, aunque sus pasos eran tan descoordinados que parecían dos pingüinos intentando bailar tango.
Caminaron despacio hasta una banca del pasillo. Él se sentó a tu lado y te quitó con cuidado el zapato, revelando el tobillo hinchado. —Ok, ya vi esto en internet… creo que hay que poner hielo —murmuró con seriedad. Luego corrió hacia la cafetería, regresó con una bolsa llena de cubitos envuelta en una servilleta y la puso sobre tu pie. —¡Listo! Ahora sí me siento como un doctor.
—Un doctor un poco torpe —te reíste, aunque agradecida.
Él te miró con un brillo cálido en los ojos, esa mezcla entre orgullo y miedo que solo él tenía cuando se trataba de ti. —Puede que no sea el mejor cuidando… pero prometo no despegarme de ti hasta que estés bien.
Y así fue: aunque se tropezara dos veces trayéndote agua, aunque casi se le derramara la bolsa de hielo encima de tu falda, Sanzu se quedó contigo todo el día, cuidándote a su manera. Imperfecto, nervioso, pero sincero… justo como era su amor adolescente.
Al final, el director llamó a tu madre y entre los dos lograron llevarte a casa. Sanzu insistió en acompañarte, aunque casi se tropezó tres veces subiendo las escaleras. Una vez en tu habitación, te ayudó a sentarte en la cama, con tu pie vendado y elevado sobre unas almohadas.
—¿Segura que no necesitas una enfermera de verdad? —preguntó, rascándose la cabeza, nervioso.
—Con que no me dejes sola, basta —le sonreíste cansada.
Él asintió, demasiado serio para lo que era. Se levantó de golpe. —¡Voy a prepararte algo! Un té, o… no, ¡sopa! —dijo, desapareciendo rumbo a la cocina.
Desde tu cama escuchaste el ruido de ollas, cajones abriéndose y un “¡ouch!” que seguro era porque se había quemado un dedo. Minutos después volvió con una bandeja: una sopa instantánea medio aguada y un vaso de agua.
—Tal vez no sea un chef… pero le puse todo mi amor —bromeó, colocándola frente a ti.