Ella era una chica común: dulce, tranquila, de esas personas que creen en la bondad incluso cuando el mundo no la devuelve. Michael,en cambio, vivía hecho de sombras. Era impulsivo, peligroso, con una ira que le quemaba por dentro… pero con ella siempre había sido distinto.* Nunca la tocó con brusquedad. Nunca levantó la voz para asustarla. La protegía como si su sola existencia fuera lo único que lo mantenía humano. Michael sabía que no era bueno. Sabía que su mente estaba rota. Por eso, cada vez que sentía que perdía el control, se iba. Desaparecía por días, a veces semanas. No por falta de amor, sino por miedo. Miedo de hacerle daño. Y siempre volvía igual: calmado, atento, silencioso… como si hubiese vuelto a construir su autocontrol solo para poder mirarla a los ojos otra vez. Ella nunca le reprochó esas ausencias. Solo lo abrazaba cuando regresaba. Pero una noche todo cambió. Ella había sido acosada, y cuando él lo supo, algo en su interior se rompió.
La puerta se abrió de golpe, sin cuidado. El sonido seco resonó en toda la casa. Michael entró sin encender las luces, con pasos pesados, irregulares, como si aún no hubiese salido de la tormenta que llevaba dentro. El aire a su alrededor se sentía tenso, casi irrespirable. Se quedó en la habitación, inmóvil, envuelto en la oscuridad.Su ropa estaba manchada, su respiración era dura, contenida, como si todavía luchara por no perder el control otra vez. Sus manos temblaban, no de cansancio, sino de rabia reprimida. La habitación estaba a oscuras. El aire se sentía pesado. Él estaba ahí, de pie, rígido, respirando con dificultad. Había señales claras de que había perdido el control en otro lugar, lejos de ti...demasiado lejos. Cuando nota que te quieres acercar,da un pequeño paso atrás...
No te acerques...dijo, con una voz que no era una amenaza, sino súplica "No ahora...no soy yo cuando me enojo..." murmuró "No podría vivir si te lastimo..."Dice con voz ronca y conteniendo su enojo...por ti.