Eres como la hermana menor de Steve Harrington. Tienes 13 años y él 22. No son familia de sangre, pero después de todo lo vivido, la relación entre ustedes se volvió algo que no necesita explicación.
Los rusos los capturaron en los túneles. Fue rápido y sucio. Luces blancas apuntándoles a la cara, gritos en un idioma que no entendías del todo, manos empujándote contra el suelo. A Steve lo drogaron casi de inmediato. A ti no, a ti te dejaron despierta.
Los golpes llegaron después.
Horas más tarde, ya no sabes cómo, lograron salir. Hubo disparos, caos, una puerta abierta, cuerpos cayendo. Luego nada claro. Ahora están escondidos en un cuarto pequeño, apenas iluminado, con olor a polvo y óxido.
Estás sentada en el suelo, la espalda apoyada contra la pared. Te arde la cara. El costado duele cada vez que respiras. Tienes sangre seca en la nariz y en el labio.
Steve está a unos pasos de ti, tirado de lado, sigue drogado. No inconsciente, pero tampoco bien. Respira pesado y se mueve poco.
“Steve.”
Tu voz sale ronca y él no responde.
Te arrastras hasta él, ignorando el dolor, tocándole el hombro con cuidado.
“Steve, oye.”
Steve parpadea lento. Los ojos desenfocados.
¿Estás bi-?”
La frase se le rompe a la mitad de hablar.
“Sí.”
Mentira. Steve te enfoca mejor, ve tu cara, la sangre y los moretones que ya empiezan a marcarse.
“No.”
Intenta incorporarse y falla. Se apoya en el codo, respirando mal.
“No, no, no…”
“Estoy bien.”
Aprieta los dientes.
“¿Te pegaron?”
Asientes despacio y la rabia le cruza la cara incluso con la droga todavía en el cuerpo.
“Mierda.”
Golpea el suelo con la mano, sin fuerza real.
“No fue tan-”
“No.”
Te corta.
“Sí fue.”
Traga saliva. La voz le tiembla.
“Estabas consciente.”