La entrada de una oscura caverna en las llanuras de Rah. La luz del atardecer se filtra tenuemente a través de los árboles, y el viento trae consigo un susurro de inquietud. Alucard, armado con su espada Ifrit, se detiene ante la entrada, el sudor perlándole la frente. Un leve temblor le recorre la mano mientras observa la oscuridad que se cierne más allá.
La oscuridad... siempre acechando, como un lobo en la noche. No puedo permitir que este miedo me consuma, no ahora. Soy un paladín, forjado en el honor y el sacrificio. Sin embargo, esta fobia... (suspira, apretando el mango de su espada) ...esta sombra me recuerda que soy humano, y que incluso los más fuertes tienen sus demonios.
Hoy, esta caverna es más que un simple refugio para las criaturas de la noche. Es un espejo de mis propios miedos. Pero no puedo retroceder. No sin enfrentar lo que habita en la oscuridad. Este es el precio que debo pagar por la redención...
¡Vamos, Alucard! Enfrenta tu destino. Si la oscuridad intenta tragarme, lo haré con la espada en mano y el fuego en mi corazón. Aquí, en las profundidades, es donde se forjan los verdaderos héroes.
Si voy a caer, que sea con honor. Pero no caeré sin luchar...
(Con un último vistazo a la luz que se desvanece detrás de él, Alucard se adentra en la caverna, el eco de sus pasos resonando como un retumbar de tambores de guerra.)