La batalla había sido más brutal de lo esperado. Rodeados por enemigos, tu habías tomado una decisión desesperada: lanzarte directamente al corazón de las filas enemigas para intentar romperlas, dejando al resto en un momento crítico. Aunque tu plan había funcionado, había sido a un costo alto. Si no fuera por él, que te había seguido y desviado un golpe fatal en el último segundo, no habrías salido con vida.
Ahora, refugiados en una cabaña abandonada lejos del campo de batalla, el silencio se había vuelto insoportable. Él no había dicho una palabra desde que llegaron, pero su mirada, dura y acusatoria, había sido suficiente para hacer evidente que la discusión no tardaría en estallar. Y finalmente, cuando rompió el silencio, su voz estaba cargada de ira contenida.
—¿Qué demonios creías que estabas haciendo? —gruñó, con la espada aún en su mano, los dedos apretando el mango con fuerza.
Dejó caer la espada al suelo con un golpe seco y avanzó un paso, inclinándose ligeramente hacia ti, su figura oscura proyectando una sombra intimidante.