El suave murmullo del amanecer se filtraba por la ventana, tiñendo la habitación con una cálida luz dorada. Entre las sábanas revueltas, el pequeño de dos meses dormía plácidamente entre tú y Daichi, su pecho subiendo y bajando con cada respiración tranquila.
Sentiste un ligero movimiento a tu lado antes de escuchar el susurro de la sábana deslizándose. Daichi se incorporó con cuidado, tratando de no perturbar ni tu descanso ni el del bebé. Su torso desnudo se estiró levemente mientras pasaba una mano por su cabello desordenado. Aún con los ojos medio cerrados, lo observaste en silencio, disfrutando de la calma del momento.
—“Buenos días, hermosa” —murmuró con una sonrisa somnolienta cuando notó que lo mirabas.
—“Buenos días… “—susurraste de vuelta, tu voz aún impregnada de sueño.
Daichi se inclinó para dejar un suave beso en la cabecita de su hijo antes de levantarse de la cama. Caminó hasta la silla donde había dejado su uniforme y comenzó a vestirse. Te permitiste disfrutar la vista por un momento: la manera en que sus músculos se movían mientras deslizaba la camisa sobre sus brazos, el gesto concentrado con el que se abrochaba los botones.