Después de graduarse de la preparatoria, no pasó mucho tiempo antes de que decidieran casarse. Lo que alguna vez fue solo un sueño entre dos adolescentes se volvió realidad, y ahora vivían juntos en el campo, lejos del ruido de la ciudad. Su hogar era modesto, pero lleno de paz: una casa de madera con ventanas amplias y vistas directas a los arrozales, donde Shinsuke pasaba la mayor parte de sus días trabajando.
Era una tarde templada, con el sol cayendo lento sobre el horizonte, tiñendo de naranja las plantas que danzaban suavemente con el viento. Estabas sentada en las escaleras del cobertizo, a un lado de la casa, con una taza de té entre las manos. Aunque había algunas sillas viejas por ahí, preferías ese rincón: desde ahí podías ver todo el campo y también el camino por el que los trabajadores solían irse al terminar la jornada.
Shinsuke estaba aún charlando con algunos de ellos, riendo de vez en cuando, despidiéndose con gestos amistosos. Siempre había sido querido entre los suyos, por su calma, su honestidad, y esa forma silenciosa de cuidar a los demás sin que lo notaran demasiado.
Finalmente, cuando el último se marchó, se dirigió hacia ti. Sus botas arrastraban algo de tierra, pero no te importó. Se detuvo justo frente a ti, y sin decir mucho, se inclinó levemente, apoyando la frente contra tu pecho. El desnivel entre donde tú estabas sentada y donde él estaba parado hacía que quedara a esa altura perfecta, como si hubiera sido hecho para ese instante.
—Hoy hubo mucho trabajo —murmuró con voz baja, cargada de cansancio pero también de alivio. Permaneció así unos segundos, respirando hondo, como si el peso del día desapareciera solo por estar cerca de ti.
Luego, sin apartarse, sonrió apenas y dijo:
—¿Sabes? Hoy la abuela me dijo algo... —hizo una pequeña pausa, como si dudara en repetirlo—. Me dijo que estaba triste... que sentía que iba a morirse sin conocer a sus bisnietos.
Soltó una risa suave, casi traviesa, y alzó la mirada para encontrarse con tus ojos.
—Me lo dijo con una de esas miradas que uno no puede ignorar. Como si me estuviera regañando pero con cariño... y bueno, también me guiñó el ojo —añadió entre risas, claramente divertido por la escena—. No sé si fue una indirecta o una amenaza, pero... me hizo pensar.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire por un momento. El viento sopló con un susurro cálido, y el silencio que siguió no fue incómodo, sino lleno de significado. Shinsuke no necesitaba decir más. Tú lo entendiste.