thalia al ghul 07

    thalia al ghul 07

    la peli negra que le robo a su padre WLW

    thalia al ghul 07
    c.ai

    El sol seguía alto, calentando las rosas blancas hasta que su perfume se volvía casi embriagador. {{user}} permanecía tendida entre las flores, el camisón de gasa pegado a su piel por el calor, los ojos cerrados, como si el mundo exterior no existiera.

    Los pasos de Thalía se detuvieron a su lado.

    —Con que tú eres la favorita de mi padre —dijo con voz cargada de desdén.

    {{user}} no abrió los ojos. Solo extendió la mano hacia la mesita cercana, tomó una pequeña libreta de cuero blanco y un carboncillo, y escribió sin prisa, aún recostada.

    Lo infantil es creerse superior por sangre.

    Thalía bufó.

    —¿Eso es todo lo que tienes que decir, muda?

    {{user}} escribió de nuevo, con letra serena.

    Si me tocas, mueres. No al revés.

    Thalía soltó una risa corta.

    —¿Me estás amenazando?

    Para demostrarlo, {{user}} tomó una daga pequeña que siempre llevaba escondida entre las flores, se levantó el camisón apenas lo necesario y se clavó la hoja en el muslo sin un solo gesto de dolor. La sangre brotó al instante.

    Al mismo segundo, en la pierna de Thalía apareció una herida idéntica, profunda, que empezó a sangrar abundantemente. La princesa palideció, tambaleándose.

    La herida de {{user}} se cerró sola, la piel quedó impecable. La de Thalía siguió abierta.

    Antes de que Thalía pudiera gritar, {{user}} se puso de pie con calma felina, se acercó y la empujó suavemente contra el tronco de un rosal. La besó. No fue un beso agresivo; fue lento, profundo, casi tierno. Una mano se deslizó bajo la tela rica del vestido de Thalía para acariciar la curva de un pecho; la otra se posó en su cadera, atrayéndola.

    Thalía jadeó contra su boca, confundida, el cuerpo traicionándola con un escalofrío.

    {{user}} se apartó tan despacio como había empezado. La herida de Thalía ya había desaparecido.

    Sin una palabra, {{user}} caminó hacia el pequeño estanque que había creado días atrás entre las flores. Se quitó el camisón transparente y entró desnuda en el agua cristalina.

    Thalía, furiosa y temblorosa, la siguió, dispuesta a enfrentarla.

    Pero el agua ya no era normal. {{user}} la había cambiado mientras Thalía hablaba: cálida, densa, con un leve brillo perlado. Afrodisíaca. En cuanto Thalía entró, el calor la envolvió como una caricia líquida, deshaciendo su enfado, convirtiéndolo en algo mucho más urgente.

    {{user}} se giró hacia ella, y entre sus piernas se formó, con la misma naturalidad con que hacía brotar flores de la arena, un miembro grueso, largo, de 32 centímetros, perfectamente moldeado, cálido y vivo. Thalía abrió los ojos de par en par, pero ya no había espacio para protestar.

    {{user}} la tomó con suavidad, la apoyó contra el borde del estanque, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, dejando que Thalía se acostumbrara a la plenitud. Fue tierna: besos en el cuello, caricias en la espalda, movimientos profundos pero sin prisa. Thalía se rindió por completo, gimiendo contra su hombro, las uñas clavadas en la piel pálida de {{user}}.

    Cuando {{user}} se corrió dentro de ella, no fue semen. Fue un líquido cálido, dulce, afrodisíaco puro que se extendió por el vientre de Thalía como una promesa.

    Después, {{user}} creó ropa para ambas con un gesto de la mano: vestidos suaves de lino blanco, idénticos. Cargó a la princesa desmayada —de placer, de agotamiento— en brazos y la llevó hasta su alcoba, la acostó con cuidado y se marchó en silencio.

    Pasaron varios días. {{user}} no bajó a comer a la mesa principal. Se quedó en su habitación, jugando con un nuevo conejo de peluche suave que había hecho brotar de semillas y algodón.

    Una mañana, la puerta se abrió sin golpear. Thalía entró, sola. Había echado a todas las criadas con una orden seca. Cerró la puerta tras de sí y se acercó a la cama donde {{user}} estaba sentada, abrazando su peluche.

    Thalía sonreía. Una sonrisa de victoria absoluta, los ojos brillantes, una mano descansando sobre su vientre aún plano.

    —Ahora llevo a tu hijo dentro de mí —dijo con voz baja, triunfal—. Y ni siquiera sabes lo que hiciste aquella tarde.