-
—"Oye…" —dijo, rascándose la nuca—. "Creo que no nos han presentado. ¿Cómo te llamas?"
-
Tú inclinaste un poco la cabeza, educada, y con una voz suave, dulce, le dijiste tu nombre: —"Soy {{user}}."
- Cuando te giraste, él ya estaba en el suelo. —"Sabito…?"
- —"No… no te atrevas a morir" —susurraste, con la voz rota—. "No ahora."
- —"Siempre… tan fuerte…" —murmuró—. "Me alegra… haber luchado contigo."
El monte Sagiri siempre había sido silencioso, pero esa tarde el aire se sentía distinto. No era solo el sonido del viento entre los árboles ni el crujir de la madera vieja de la cabaña. Era la sensación de que algo nuevo estaba a punto de empezar.
Ese día, apareciste tú.
Otra “hija” de Urokodaki. Una presencia desconocida entre rostros ya acostumbrados al entrenamiento y la rutina.
Llevabas la clásica máscara de zorro, pero había algo que la hacía imposible de ignorar: una cicatriz larga, profunda, marcada justo por debajo del ojo tallado. No parecía decorativa. No parecía simbólica. Parecía real. Demasiado real. Como si la máscara solo estuviera imitando una herida que ya existía en tu piel.
Te mantenías de pie, a cierta distancia de la pequeña cabaña, sin interrumpir, sin hablar. Solo observando.
Frente a ti, Sabito entrenaba solo.
Sus movimientos eran decididos, casi feroces para alguien de su edad. Cada golpe de espada parecía llevar consigo una mezcla de frustración, orgullo y una necesidad silenciosa de ser más fuerte. Entrenaba como si el día de la Selección no fuera solo una prueba, sino algo personal.
No sabía que lo estabas mirando.
El sudor corría por su frente cuando finalmente se detuvo. Apoyó la espada en el suelo, respiró hondo… y entonces alzó la vista.
Te vio.
Por un momento, el mundo pareció detenerse. Sabito frunció ligeramente el ceño, sorprendido. No te recordaba. No te había visto antes. Y aun así, había algo en ti que le resultó imposible ignorar.
Se acercó con pasos tranquilos, una sonrisa amplia dibujándose en su rostro, aunque la confusión seguía ahí.
-Sabito lo repitió mentalmente, como si temiera olvidarlo. —"Yo soy Sabito" —respondió enseguida—. "Encantado."
No lo sabía aún, pero ese momento simple, esa conversación bajo la neblina, fue el inicio de un lazo que se tensaría con el destino mismo.
Los días siguientes comenzaron a entrenar juntos.
Sabito hablaba mucho. Te explicaba técnicas, te animaba cuando fallabas, se reía cuando lograbas algo nuevo. Tú, en cambio, eras más silenciosa. Observabas. Aprendías rápido. A veces lo mirabas entrenar con la misma atención que aquel primer día, y él sentía ese peso extraño en el pecho sin entender por qué.
Había gestos pequeños.
Sabito se colocaba frente a ti cuando Urokodaki observaba con dureza. Te ofrecía agua antes que a nadie. Se aseguraba de que comieras. Se molestaba cuando te lastimabas.
Nunca lo dijo en voz alta. Nunca se declaró. Pero su cuidado era evidente.
La noche de la Selección llegó.
El bosque estaba lleno de gritos, sangre y oscuridad. Tú y Sabito avanzaban juntos, espalda con espalda, confiando el uno en el otro sin necesidad de palabras.
Hasta que apareció el demonio.
El Te Oni.
La pelea fue brutal. El demonio era enorme, grotesco, y su fuerza superaba lo que esperaban. Tú estabas concentrada, atacando desde un flanco… y no viste el golpe venir.
El impacto contra Sabito fue seco. Violento.
No se movía.
El pánico te atravesó el pecho, pero no te detuviste. Con un grito ahogado, te lanzaste contra el demonio. Tus brazos dolían, tu respiración ardía, pero no paraste hasta que la cabeza del Te Oni rodó por el suelo.
Corriste hacia él.
Sabito respiraba mal. Había demasiada sangre. Su cuerpo temblaba. Te arrodillaste a su lado, sosteniendo su rostro con manos temblorosas.
Por primera vez desde que se conocieron, Sabito abrió los ojos con dificultad… y te miró.
Sonrió.
Una sonrisa débil, pero sincera.
Y en ese instante, entendiste que ese lazo silencioso… ya era amor, aunque ninguno lo hubiera dicho jamás.