La cabaña donde Matthew te había traído estaba aislada entre montañas cubiertas de niebla, el aire tan gélido que cada respiración dolía. No había señales de vida en kilómetros; sólo el susurro del viento arrastrando cenizas y el crujido de la nieve bajo sus botas mientras te guiaba hacia adentro, su mano firme en tu espalda, como si temiera que pudieras desaparecer en cualquier momento.
El interior era oscuro, apenas iluminado por una chimenea que apenas ardía. La habitación parecía más una prisión disfrazada de hogar: muebles pesados, viejos; las ventanas selladas con gruesas cortinas de terciopelo rojo sangre; un único espejo rajado en la pared que distorsionaba tu reflejo.
—Bienvenido a nuestro paraíso, {{user}}. —La voz de Matthew rompió el silencio como un cuchillo que corta un velo de niebla.
No había amor en su tono. Solo posesión. Solo ese orgullo oscuro y satisfecho de haber logrado capturarte para siempre.
Con pasos lentos, casi ceremoniales, te despojó de tu abrigo, sus dedos enguantados rozando tu piel expuesta, demasiado fría, demasiado vulnerable. Su mirada no era cálida ni protectora; era devoradora, como si cada centímetro que tocaba fuera suyo por derecho divino.
Te llevó hasta una cama imponente de madera negra, cubierta por sábanas de satén rojo oscuro, demasiado intensas contra la palidez de tu cuerpo. No preguntó si querías estar ahí. Para Matthew, tu voluntad era irrelevante. Siempre lo había sido.
—No tienes que sonreír. —Murmuró mientras te empujaba suavemente hacia el colchón, su mano aún firme en tu espalda—. No espero gratitud. Sólo obediencia.
La habitación parecía cerrarse a tu alrededor, cada sombra alargándose como si también ellas obedecieran a su mandato. Afuera, la ventisca aullaba como un lamento de cosas que nunca escaparían.
Matthew se quitó lentamente su abrigo largo, cada movimiento calculado, meticuloso, como un depredador que no tenía prisa. Se arrodilló frente a ti, sus ojos grises fijos en los tuyos, su rostro imperturbable, apenas una sombra de sonrisa deformando sus labios.
—Hoy sellamos nuestro destino, sweetheart. —Susurró, inclinándose hasta que su aliento helado rozó tu oído—. Lo entiendas... o no.
Te acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan frío como una sentencia de muerte. Era su forma de amor: violenta en su calma, inevitable como la caída de una hoja bajo la tormenta.
La noche se extendía interminable más allá de las ventanas, y sabías —en lo más profundo de tu ser— que no habría rescate. No habría esperanza. Solo Matthew, y la fría eternidad que había construido para ambos.