Tu hermana gemela, Lia, llevaba solo unos meses casada con Simon Riley por un acuerdo entre familias. Ninguno de los dos se amaba. Ella tenía un amante desde hacía tiempo, y tú lo sabías perfectamente. Simon, en cambio, siempre había sido fiel… al menos en apariencia. Pero tú conocías la verdad: desde el primer día, su mirada se demoraba en ti más de lo debido, y en secreto te encantaba ese deseo silencioso que él nunca se atrevía a confesar.
Esa noche, mientras tu hermana se había escapado a escondidas para verse con su amante, entraste sigilosamente en la habitación principal. Simon dormía solo. La luz de la luna se filtraba débilmente por la ventana, bañando su cuerpo con un suave resplandor.
Te acercaste a la cama, te subiste sobre él a horcajadas y comenzaste a besarlo con lentitud, acariciando su pecho. Aún somnoliento, respondió al beso con un murmullo confundido, creyendo que eras ella, y su cuerpo ya comenzaba a reaccionar.
Con el corazón latiéndote con fuerza, bajaste la tela que aún lo cubría. Te mordiste el labio mientras lo rodeabas con la mano, acariciándolo con movimientos lentos pero seguros.
Él soltó un gruñido ronco y sus manos se aferraron con fuerza a tus caderas. —No sueles comportarte así… — susurró, desconcertado, todavía entre el sueño y la realidad.
En la penumbra, susurrandole al oído le respondiste: —Quizá porque no soy ella.
Se tensó debajo de ti. Por un segundo pareció que iba a detenerte… pero no lo hizo. Al contrario, sus dedos se clavaron con más fuerza en tu cintura y, con un movimiento brusco, te empujó hacia abajo, besándote con urgencia mientras su mano cubría la tuya, presionándola con firmeza contra su dureza, como si necesitara sentirte más.
En ese instante, todo cambió.
Ya no era el hombre contenido y educado que todos conocían. Era alguien que llevaba meses deseando a la mujer equivocada… y que, por fin, la tenía entre sus brazos.