Adrian Kael siempre llevaba guantes. No por estilo ni por vanidad. Siempre por miedo. Miedo a sus propias manos, a lo que podían hacer. Había sido un niño de nueve años cuando, intentando ayudar a su hermano atrapado bajo un pesado mueble, sus dedos torpes solo habían empeorado la tragedia. Desde entonces, cada roce con la piel de alguien más lo llenaba de horror, culpa y miedo.
Ahora, de pie en la penumbra de su habitación, lo que lo mantenía rígido durante años temblaba por primera vez. Su esposa estaba frente a él, tan cerca y a la vez tan fuera de su alcance, ajena al tormento que él llevaba dentro.
Deslizó lentamente los guantes de sus manos, sintiendo el aire frío rozar su piel por primera vez en años. Cada milímetro de contacto era una batalla entre el miedo y el deseo. Su corazón latía con fuerza, un tambor que anunciaba la rendición de un hombre acostumbrado a controlarlo todo… menos a su amor.
Se inclinó hacia ella, sin apresurarse, dejando que sus dedos rocen suavemente su brazo. Apenas un contacto, suficiente para romper décadas de distancia invisible. —No… no sé si puedo hacerlo —susurró, con la voz áspera por la emoción contenida—. Siempre temí que mis manos fueran un peligro para ti… pero si no las uso, nunca sabré lo que es tocar tu piel sin miedo.