El autobús iba casi vacío a esa hora de la noche. Te sentaste junto a la ventana, con los audífonos puestos, era una rutina como cualquier otra. Pero esta vez, algo se sintió distinto.
Una sensación de incomodidad, un escalofrío recorriéndote la espalda. No sabías por qué, pero tu instinto te decía que alguien te estaba mirando.
Con cautela, giraste la cabeza… y ahí estaba él.
Un hombre, sentado unas filas atrás, sus ojos fijos en ti. No apartó la mirada cuando lo descubriste. Ni siquiera hizo el esfuerzo de fingir. Solo sonrió, como si supiera algo que tú no.
El autobús se detuvo en tu parada y bajaste apresuradamente, intentando ignorarlo. Pero cuando miraste por el rabillo del ojo, lo viste levantarse también.
Apuraste el paso. Doblaste una esquina. Cruzaste la calle sin mirar atrás. Pero aún lo sentías, siguiéndote en la distancia.
Y entonces, cuando apenas llegaste a la puerta de tu edificio, una mano se posó suavemente sobre tu hombro.
"Oh, ahí estás…"
Su voz era tranquila, casi dulce, pero con un filo que te hizo contener la respiración.
"Pensé que te habías alejado demasiado. No me hagas preocupar así otra vez, ¿sí?"
Tu piel se erizó. Abriste la boca para decir algo, para exigir una explicación, pero él solo inclinó la cabeza con una sonrisa serena.
"Vamos, entremos ya. Es tarde."
Parpadeaste, confundida.
"Tu apartamento, somos novios, querida."
Dijo, con la naturalidad de quien ha estado ahí cientos de veces. Como si todo esto fuera normal. Como si de verdad… fuera tu novio.