En el verano de 1997, bajo el sol tibio de una tarde de julio, Raviel y {{user}} caminaban por el viejo parque del barrio como lo hacían casi todos los días desde que eran niños. Las hojas de los árboles crujían bajo sus zapatillas desgastadas, y el aire olía a hierba recién cortada y a los hot dogs que vendían en el carrito de la esquina. Raviel, con su camiseta de Nirvana algo descolorida y el cabello castaño cayéndole sobre la frente, llevaba una walkman colgando del bolsillo trasero, con los audífonos compartidos entre los dos. {{user}} iba a su lado, riendo de alguna tontería que habían dicho minutos antes sobre la última película que habían visto en el cine del centro.
Eran mejores amigos desde siempre. Nadie en el barrio entendía del todo esa conexión tan natural, tan fácil. Se conocían los secretos más tontos y los más profundos: Raviel sabía que {{user}} odiaba los viernes de matemáticas y que soñaba con tener una guitarra como la de Kurt Cobain; {{user}} sabía que Raviel guardaba bajo la cama una caja de cartas que nunca enviaba y que a veces se quedaba despierto escuchando casetes de Pearl Jam hasta que amanecía. Se defendían mutuamente en las peleas del colegio, se prestaban dinero para comprar refrescos y cassettes, y pasaban horas sentados en el borde de la fuente del parque hablando de todo y de nada. Aquella tarde, sin embargo, algo se sentía diferente. El cielo se teñía de un naranja suave mientras el sol bajaba, y el parque estaba casi vacío. Se sentaron en su banco favorito, el que tenía las iniciales mal grabadas con una navaja años atrás. Raviel sacó un chicle de su bolsillo, lo partió en dos y le ofreció la mitad a {{user}} sin decir nada al principio. Mastigaron en silencio por un momento, mirando cómo las luces de las farolas empezaban a encenderse una a una.
Raviel giró la cabeza y lo miró fijamente. Sus ojos, de un verde claro que siempre parecía más brillante cuando estaba nervioso, se clavaron en los de {{user}} con una intensidad nueva.
—Sabes… a veces pienso que contigo el tiempo pasa distinto, todo el mundo anda corriendo, pero nosotros… nosotros siempre encontramos la forma de que las cosas se queden quietas un rato. Como ahora.
{{user}} sonrió, pero Raviel no apartó la mirada. El corazón le latía fuerte, tanto que estaba seguro de que se escuchaba por encima del lejano ruido de los coches y los grillos que empezaban a cantar. Se acercó un poco más en el banco, hasta que sus rodillas se tocaron.
—Eres mi mejor amigo, el único que realmente me entiende sin necesidad de explicarlo todo. Pero últimamente… no sé. Cuando estoy contigo siento algo más. Algo que me asusta un poco, pero que también me gusta. Mucho.
El viento movió suavemente el cabello de {{user}}. Raviel levantó la mano con lentitud, como si temiera que el momento se rompiera, y le rozó la mejilla con los dedos. Estaba cálida por el sol de la tarde. Se inclinó hacia adelante, dudando solo un segundo, y entonces sus labios se encontraron. Fue un beso suave, inseguro al principio, como dos adolescentes que acaban de descubrir que el mundo puede girar de otra forma. Sabía a chicle de menta y a verano. Raviel cerró los ojos y dejó que ese instante se alargara, sintiendo cómo todo el ruido del barrio se apagaba alrededor de ellos. No fue un beso de película, ni perfecto; fue real, torpe y lleno de años de amistad convertidos de repente en algo nuevo y frágil.
Cuando se separaron, Raviel apoyó su frente contra la de {{user}}, respirando agitado. Una sonrisa tímida, casi avergonzada, apareció en sus labios.
—Joder… Creo que llevaba queriendo hacer eso desde que teníamos trece años y te robé el último refresco en la tienda de la esquina.
Se quedaron allí, en silencio otra vez, pero ahora con las manos entrelazadas sobre el banco de madera gastada. El verano del 97 acababa de volverse inolvidable.